21 | 08 | 2014
Polifonía, juego y función cerebral Imprimir E-mail
Revista - 07
Escrito por Alejandro   
Lunes, 03 de Mayo de 2010 14:14

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Polifonía, juego y función cerebral[1] 

Miguel Eduardo Martínez Sánchez, M.D.

Profesor Asistente del Departamento de Ciencias Fisiológicas, Facultad de Medicina, Universidad Nacional de Colombia

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El trabajo compartido en el Museo nos ha permitido apropiarnos de formas de concebir el conocimiento que admiten entrecruzamientos, fusiones y desbordamientos en esos terrenos que usualmente constituyen las fronteras de las disciplinas. Es por ello que trataré aquí de considerar las relaciones que percibo entre el desarrollo y la maduración del cerebro, la ahora llamada función ejecutiva, ciertas formas de juego enunciadas por los antropólogos y las reflexiones que tomando como base el juego han llevado a plantear a los economistas una base para la cooperación improbable.

 

Bien vale la pena empezar la reflexión sopesando algunos de los productos de la llamada “década del cerebro” (1990 – 2000). Este esfuerzo de la comunidad científica mundial no supuso, como se esperaba, el esclarecimiento completo de la función cerebral. En cambio, sí permitió la consolidación de las Neurociencias como un espacio genuinamente transdisciplinario, al lado de y sin exclusiones con la Biología Molecular. No en vano hoy por hoy una buen parte de los contenidos de las revistas médicas especializadas aluden directa o indirectamente a estos dos ámbitos de encuentro/desencuentro en el que se han ido fundiendo lo que conociéramos como Genética, Bioquímica, Fisiología, Neurofisiología y Psicología experimental.

 

Las Neurociencias producen conocimientos sirviéndose de los métodos clásicos de estas disciplinas. Esto por supuesto no sorprende a nadie, ya que estamos hablando de un nicho transdisciplinar. Sólo quiero reafirmar lo que ya dije. Quiero decir con esto que las Neurociencias están obligadas a sistematizar a través de un “episteme” los fragmentos de la realidad mental que estudia por diversas vías, de lo contrario se incurriría en aquello que ya está bien dicho en un aforismo popular: puede llegar un momento en el cual los árboles no nos permitan ver el bosque.

 

Probablemente los rudimentos de un sistema explicativo se encuentran en los conocimientos organizados que a lo largo de la década del cerebro nos han dejado dos de las modalidades de producción de conocimiento en el terreno de las Neurociencias –la neuropsicología y la clínica neurológica clásicas-, sus productos y la innegable proyección que puedo vislumbrar hacia el terreno de las hoy llamadas “disciplinas de la complejidad”.

 

En mi opinión estos productos son dos. Uno de carácter epistemológico: la emergencia de un nuevo ámbito para pensar la función cerebral, las Neurociencias Cognitivas. Otro de carácter metodológico: una crítica creciente a las nosologías neurológica, psicológica y psiquiátrica tradicionales por cuento no recogen toda la riqueza que el análisis de casos individuales puede aportar a la comprensión de qué es lo que hace el cerebro. Desde muchos ámbitos, con gran firmeza y con mucha audiencia encontramos autores que vienen aseverando a los cuatro vientos que no sólo sigue siendo muy enriquecedor volver a mirar nuestros pacientes, sino que es permanentemente necesario.

 

Este período ha permitido que se hagan de dominio público y se debatan los alcances que tienen los estudios de “casos tipo”, como el del famoso paciente H. M. estudiado por Brenda Millner y Donald Hebb o el de Phineas Gage, el cual ha contribuido a cimentar la bien ganada fama de los esposos Damasio. En ambos casos se trató de caracterizar muy bien cómo una lesión en un área específica del cerebro se correlaciona con déficits específicos de memoria, en el primero de ellos, o, lo que es muy sorprendente, con cambios en la personalidad que involucran la capacidad de anticipar, planear, prever consecuencia, tomar decisiones, tener en cuanta a los demás y expresar o no una conciencia moral sobre los propios actos, en el segundo.

 

En términos prácticos esto ha significado que nos veamos obligados a una reformulación conceptual tanto de las funciones que en sí mismas se han visto afectadas, como de los mecanismos compensatorios de carácter adaptativo que las acompañan. Este es el camino por el cual los estudios sobre las lesiones del lóbulo frontal nos han llevado a postular la noción de “función ejecutiva” que forma parte central de esta reflexión.

 

Con frecuencia hemos escuchado la expresión “este paciente se frontalizó” para aludir a los cambios de comportamiento que acompañan a lesiones vasculares, neoplásicas, desmielinizantes o traumáticas que afectan la corteza cerebral por delante de las áreas motoras y promotoras. Esta expresión no sólo suele conducir a que el paciente no “encuentre dueño” en las esferas tradicionales de la atención clínica (¿será de Neurología, de Psicología, de Rehabilitación o de Psiquiatría?) sino que agrupa cambios en esferas que acostumbramos a considerar como separadas: emocionales, cognitivos, en la capacidad de fijar, alternar y mantener la atención, así como en algunas formas de memoria. Esos cambios son de tal magnitud que generalmente hacen llegar a la conclusión de que el paciente “se ha vuelto otro”; deja de ser quien ha sido y en ocasiones se vuelve un extraño para los suyos, quienes descubren, muchas veces con miedo, que incluso ya no se puede convivir con él.

 

Con estas mismas palabras Antonio Damasio se refiere a lo que había ocurrido con Phineas Gage tras el accidente de trabajo que le produjo una lesión en la región prefrontal ventromediana como consecuencia del disparo accidental de una barra de hierro usada para apisonar explosivos durante la construcción de una vía férrea: “Gage ya no era Gage”.

 

Pero si este caso ocurrió en la Nueva Inglaterra de 1848, ¿por qué tardamos tanto tiempo en reconocer qué podía aportarnos para la comprensión de las funciones del lóbulo frontal? Seguramente parte de la respuesta tenga que ver con la fuerza que ha tenido la búsqueda de la localización discreta de una función específica en estas áreas. El caso de Gage enseña la necesidad de reformular nuestras nociones sobre lo que hace el cerebro si queremos comprender lo que sucede en pacientes aquejados por lesiones en las áreas “silenciosas” de la corteza. Estas zonas y otras aledañas a ellas (la corteza límbica y grandes zonas de la corteza parieto-temporo-occipital) fueron consideradas como silenciosas por cuenta de la dificultad que existía para atribuirles una función específica utilizando los métodos que habían resultado exitosos para hacerlo con zonas como la corteza somatosensorial o motora primarias. Si bien hoy encontramos que esta categorización parece haberse ampliado al considerarlas como “dedicadas casi por completo a la integración de los datos que llegan a través de las diversas áreas sensoriales primarias y secundarias así como a la transferencia de información… lo que define su función supramodal”, estas categorías de todos modos no resultan más sustantivas que las que le precedieron.

 

Es difícil precisar en qué momento emerge el concepto de función ejecutiva, pero desde 1992 es posible encontrar textos en español que se refieren al tema. Esta función ejecutiva, definida en términos sobre todo de la capacidad  de adecuarse a contextos, de modo que resulte exitoso planificar, anticipar y ejecutar acciones en concordancia con las reglas implícitas que gobiernan el contexto, no sólo ha dado lugar a una serie de indagaciones sobre cómo se ve afectada en una serie de trastornos que hoy comenzamos a comprender como patologías del desarrollo, sino que ha sufrido una reciente reformulación, de modo que en lugar de “función ejecutiva” hoy se habla del “cerebro ejecutivo”. Tales serán los alcances de esta nueva re-formulación que en palabras de Oliver Sacks esta región del cerebro “aporta los rasgos que nos hacen verdaderamente humanos”.

 

Si esta bella aseveración resulta cierta estaríamos frente a la necesidad de tratar de desentrañar la forma como se inscribe “el sentido de humanidad” en la biología del cerebro, y cabría entonces preguntarnos ¿dependerá de la genética o del ambiente? ¿Cómo se construye, se modifica o se altera durante el desarrollo? ¿Es modificable por las intervenciones educativas o médicas? Preguntas todas que a mi modo de entender nos ponen en la frontera de las grandes indagaciones filosóficas. De todos modos es necesario reconocer que al referirnos a la “función ejecutiva” como un algo concreto y tangible sólo podemos hacerlo en el sentido estricto en el cual resulta posible: como algo que falta cuando se producen lesiones en ciertas áreas de la corteza frontal y que tiene efectos devastadores sobre la individualidad y las posibilidades de socialización de un individuo.

 

Los estudios clásicos sobre la antropología del juego realizado por Roger Callois caracterizan por lo menos cuatro modalidades de juego que resisten un examen transcultural como para poder achacarles un carácter universal: los juegos de azar, los juegos de mimesis, los juegos de vértigo y los juegos de antagonismo. ¿Detrás de este pretendido carácter universal existirá un fundamento profundo de tipo biológico?

 

Ésa es precisamente la hipótesis que me propongo indagar, pero introduciendo una modificación en la pregunta. Quiero que nos preguntemos si ¿serán los juegos un instrumento adecuado para evaluar la función ejecutiva? Examinemos los pros y los contras de una respuesta afirmativa. En primer lugar las demandas de cada una de las cuatro versiones de juego que hemos aceptado no son las mismas. Tanto los juegos de azar como los de vértigo demandan una suerte de “entrega” por parte de quien los juega. Entregarnos al resultado incontrolable de la suerte o a los resultados de la perturbación voluntaria de la percepción; entrega que algunos autores identifican con la posibilidad de gozar de los limitados espacios de libertad que admiten las rígidas normas de una cultura hegemónica centrada en la eficiencia y la competencia.

 

En cambio los juegos de antagonismo implican la aceptación de unas reglas que tienen como propósito limitar la intervención del azar, disminuir las ventajas naturales entre unos y otros contendientes y propiciar que el resultado que se obtenga sea fruto de la aptitud, la destreza, la inteligencia o de una apropiada mezcla de las tres. Es obvio que si se tratara de evaluar la función ejecutiva deberíamos recurrir a intentarlo en el contexto de los juegos de antagonismo. Pero ¿en cuál? Los deportes exigen una aptitud y una actitud física casi innatas que son susceptibles de ser optimizadas mediante el entrenamiento y que a pesar de ser más o menos homogéneas entre los niños de edad pre-escolar, no pueden considerarse como un rasgo común a todos; mucho menos si se trata de escolares, preadolescentes y adolescentes.

 

Los juegos de rol despiertan tal cantidad de sospechas sobre su potencialidad adictiva, por cierto nunca probada, y están tan circunscritos a grupos que por edad, afinidad cultural y estrato socio-económico pueden darse el tiempo de extenderlos tal y como lo exigen, que no sólo por su naturaleza escapan a una observación por fuera de los métodos contemporáneos de la Sociología sino que cualquier observación que se haga sobre ellos resulta difícilmente extrapolable a los ámbitos que tienen que ver con el propósito de este artículo.

 

¿Qué es lo que resulta tan atractivo de los juegos de antagonismo y cuál es su conexión probable con la función ejecutiva? Cualquiera que haya participado en un juego de esta naturaleza, y todos alguna vez lo hemos hecho o lo continuamos haciendo, sabe que para ganar una contienda se requiere por lo menos conocer los propósitos, haber interiorizado las limitaciones que las reglas imponen, anticipar las decisiones del antagonista y las propias, prever las consecuencias de las acciones de uno y otro y sobre todo contar con la posibilidad de replantear las estrategias en la medida que el desarrollo del juego exija adecuaciones a un contexto, si no nuevo, por lo menos diferente del original. Es evidente que estas demandas están muy cercanas al núcleo de lo que consideramos como faltante cuando se lesionan ciertas zonas de la corteza frontal. Pero, ¿pueden organizarse las demandas del juego de antagonismo al punto de servir como método de evaluación del desarrollo de la función ejecutiva en el niño y en el adolescente? Es probable que sí. Examinemos el desarrollo de la llamada Teoría de Juegos; estoy convencido que puede servir para que vislumbremos un camino para hacer aquello.

 

La Teoría de Juegos se ha desarrollado en el ámbito de la Economía. A partir de planteamientos sencillos como el llamado “dilema del prisionero”, numerosos estudios han sido capaces de forjar un sistema con posibilidades explicativas sobre el desarrollo de las conductas básicas del comercio sin apelar a justificarlas apelando a superestructuras de corte ideológico; estos teóricos han llegado a un acercamiento importante a la explicación de cómo surge el comportamiento mutuamente cooperativo entre agentes no-altruistas.

 

El dilema original planteas las posibilidades con las que cuenta un sujeto culpable de un delito cuando es arrestado en compañía de un cómplice y, al ser interrogado por un funcionario judicial, éste le ofrece la alternativa de delatar a su cómplice y ser inmediatamente liberado. En tal caso el cómplice será castigado con cinco años de prisión. Si no lo traiciona y éste sí lo hace, será el quien reciba los cinco años de prisión. En caso de una traición mutua cada uno de ellos recibirá tres años de prisión y en el caso de no delatarse ninguno de los dos la perna será de tan solo un año para cada uno. La decisión no es fácil puesto que al no poderse comunicar entre sí la mayor probabilidad se desplaza hacia la mutua delación, lo cual genera una solución de equilibrio que no es la mejor ni para cada uno, ni para los dos.

 

Este sencillo desafío ha venido modificándose, primero permitiendo la comunicación entre los reos y después permitiendo la posibilidad de aceptar o rechazar los asociados de un modo iterativo, al punto que el seguimiento de la iteración ha mostrado cómo sería posible la cooperación entre generaciones sucesivas de comerciantes virtuales en el llamado Trade Network Game.

 

Pero aparte de las evidentes connotaciones que tendría para analizar la emergencia de comportamientos sociales “civilizados”, ¿qué nos aporta esta aventura intelectual en nuestro propósito original? Me atreveré a señalar varias conexiones. Primero, nos hace caer en cuenta que en los rasgos propios de lo que hoy llamamos función ejecutiva seguramente subyacen las herramientas necesarias para cooperar con los otros, los semejantes, en situaciones que ameritan la toma decisiones en el marco de estrategias que buscar la conveniencia individual. Segundo, surge la posibilidad de analizar la cooperación con otros, incluso desconociendo los demás elementos (emoción, memoria y regulación biológica) que constituyen la armazón básica de la razón humana. Tercero, que la iteración es la base para la construcción de estrategias exitosas de cooperación: para nuestros propósitos podríamos asimilarla a la experiencia humana.

 

Aprovechando los conceptos derivados de la Teoría de Juegos es posible considerar la posibilidad de simplificar el análisis de los juegos de antagonismo, que a primera vista pueden llegar a parecernos incluso confusos. Nociones como jugadores (los individuos que toman decisiones tratando de obtener el mejor resultado posible), acción (una de las opciones disponibles en un momento dado), información (el conocimiento de la historia del juego), estrategia (el conjunto de acciones disponibles en cada momento del juego según la información), recompensa (la utilidad o beneficio que derivan los jugadores de completar el juego), resultado (las conclusiones que se obtienen una vez el juego se ha jugado) y equilibrio (un perfil de estrategias integrado simultáneamente por la mejor estrategia para cada uno de los jugadores)  seguramente puedan usarse como herramientas para conducir un análisis que nos permita vislumbrar cómo cada uno de los jugadores utiliza sus recursos neurales (su “cerebro ejecutivo”) para incorporarse al “estilo cognitivo” que cada uno de estos juegos demanda.

 

El juego humano resulta complejo sobre todo porque se trata de una actividad social. Los juegos de antagonismo se conciben, se desarrollan, se ejecutan y se regulan entre humanos. El desarrollo de normas, rituales y usos distintos al aprestamiento motor ponen de manifiesto que en ellos existe una búsqueda de sentido propia de lo humano. Y no me refiero aquí al sentido, tan característico del humanismo existencialista. Me refiero a que tal y como lo reconocen los estudiosos, el juego humano contribuye a moldear la cultura, ese contexto simbólico compartido en el cual resulta posible la construcción de la sociedad.

 

Si a contracorriente de los altruismos humanistas implícitos en los determinismos ideológicos de las escuelas sociológicas y económicas previas al derrumbe del comunismo soviético, y de mano de la Teoría de Juegos, pensamos en un fundamento no-altruista para la cooperación entre sujetos económicos ¿no será posible afirmar que lo que hoy conocemos como función ejecutiva constituye la huella evolutiva que ha venido dejando la iteración entre humanos, al punto de poder concebirla, de mano de Elkohonom Goldberg, como aquella tarea cerebral sin la cual la civilización no podría haber emergido? Si tal especulación es admisible, entonces también lo es que probablemente nos hallamos en el umbral de comprender las herramientas neurales que dan lugar a nuestra percepción de la complejidad; es decir, estaríamos a las puertas de comprender los fundamentos del sentido común.

 

Por eso no resulta impensable que, tal como sucede a otros niveles en el Sistema Nervioso, el desarrollo se acompañe de una reconstrucción de patrones de conectividad evolutivamente eficientes que para afirmarse en cada individuo necesitan de “enfrentarse” con los desafíos de la realidad histórica de ese mismo individuo. Resulta pues posible proponer que en los juegos de antagonismo se encuentran los ingredientes necesarios para sacar a flote lo mejor de esas disposiciones cerebrales heredadas. Siguiendo a Goldberg, es posible aseverar que si bien ciertos “estilos cognitivos” tendrán un mejor desempeño en estos juegos, al compararlos con otros, se puede proponer que ese mismo desempeño, sea cual fuese, puede constituirse en un verdadero revelador de cómo viene madurando la función ejecutiva. Por simple lectura en espejo de aquello que nos han enseñado las patologías del desarrollo que exhiben alteraciones en la evaluación de la función ejecutiva, puede también proponerse que esta maduración a su vez será un buen reflejo de cómo viene realizándose la conectividad en las zonas del cerebro que tradicionalmente se nos antojaban como silenciosas.


 

[1] Este artículo es una versión preparada especialmente para esta revista de Neurodesarrollo, juego y función ejecutiva, capítulo del mismo autor en Zuluaga, J. A. 2001. Neurodesarrollo y estimulación. Bogotá: Editorial Médica Panamericana.