21 | 10 | 2014
Vulnerabilidad ante los desastres Imprimir E-mail
Revista - 04
Escrito por Alejandro   
Viernes, 12 de Febrero de 2010 11:43

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Vulnerabilidad ante los desastres 

por Carlos Alfonso Hernández  M. D

 

El presente artículo ha sido tomado de una parte del documento elaborado por Carlos Alfonso Hernández A. Médico de la Universidad Nacional de Colombia y Consultor Internacional.

Desastres

En términos generales, entendemos por “desastre” una situación en que determinadas amenazas se convierten en eventos fácticos y, en interacción con la vulnerabilidad de la población afectada, provocan un impacto destructivo cuya gravedad se pone de manifiesto en alteraciones socioeconómicas, infraestructurales y sanitarias que demandan procesos relativamente prolongados de rehabilitación y reconstrucción.

Aunque los peores desastres comúnmente traen consigo heridos y muertos, y esto representa su más doloroso “costo”, la evaluación de su gravedad no se basa primariamente en cifras de esta naturaleza. Hay desastres sin muertos y otros muy graves tienen cifras de mortalidad bajas. Por ejemplo, cuando hizo explosión uno de los reactores de la central nuclear de Chernobil, se reportaron oficialmente treinta y dos muertos durante la fase inicial de intervención y diez más ulteriormente, entre niños víctimas del cáncer de tiroides. Sin embargo, hubo cientos de damnificados en Ucrania, Belarús y en proporciones menores en Rusia.  

La evaluación de un desastre como tal se basa en el impacto social que lo materializa. Y esto le imprime una cierta relatividad: pérdidas y daños comparables en términos absolutos pueden ser desastrosos para una población y para otra no.  

En una terminología aún saturada de imprecisiones, resaltan los intentos por diferenciar “emergencias” de “desastres”. Se arguye frecuentemente que las emergencias pueden ser resueltas con los recursos propios de la población, en tanto que los desastres demandan ayuda externa. A nuestro juicio, este criterio es válido, pero se refiere más bien a una consecuencia de los que verdaderamente distingue a ambas situaciones: la relación entre el impacto social producido y el volumen, complejidad y prolongación de las acciones socialmente organizadas que se requiere para superarlo.  

Riesgo de desastre

Este concepto, el más integrador, define la potencialidad de que en una población concreta ocurran determinadas situaciones de desastre.  

Existe un alto grado de consenso en cuanto a que los riesgos de desastres (RD) se configuran a partir de la interrelación entre ciertos eventos agresores potenciales o amenazas (A), y la propensión o susceptibilidad de la población a sufrir su impacto o vulnerabilidad (V).  

No obstante, se presentan divergencias más o menos controversiales cuando se razona acerca de cómo estas dos dimensiones (A y V) intervienen en la configuración del riesgo.  

Su interpretación como “fuerzas” sinérgeticas que actúan en una misma dirección, ha dado pie a ciertas “fórmulas” corrientemente utilizadas:  

Riesgo = Amenazas + Vulnerabilidad (R = A + V)

Riesgo = Amenazas × Vulnerabilidad (R = A × V) 

Estas definiciones establecen un claro punto de avance con respecto a cualquier interpretación unidimensional de los desastres. También podemos apreciar sus cualidades didácticas. No obstante, pueden alcanzar ciertos alardes pseudomatemáticos, que darán lugar a confusiones al sugerir que las amenazas y la vulnerabilidad constituyen macrofactores que “suman” o “multiplica”. 

Muchos autores se han mostrado vigilantes ante esa posibilidad. Por ejemplo Blaikie et al., han resaltado que el riesgo es una combinación compleja de vulnerabilidad y amenaza o peligro. Pero este celo crítico no necesariamente conduce a entender lo más importante: la relación entre amenazas y vulnerabilidad es dialéctica, es decir, ambas dimensiones generan un nivel distinto de realidad al integrarse en un mismo proceso.  

El esquema resume las relaciones entre los conceptos básicos que aquí relacionamos.  

Amenazas e intervención

A veces, teniendo en vista eventos naturales como los terremotos y las inundaciones, se da a entender que las amenazas constituyen la dimensión “invariable” del riesgo. De este punto de vista se desprende lógicamente otro: “sólo la vulnerabilidad puede ser intencionalmente transformada por el hombre”. Pero esto no es así ni tan sencillo.  

En primer lugar, si se considera su origen, podemos distinguir entre amenazas naturales (geotectónicas, geodinámicas, metereológicas e hidrológicas), socio naturales y antropicas (contaminantes, tecnológicas). Sólo las primeras son ajenas a toda “intervención humana directa o significativa posible” en tanto que las otras son inducidas socialmente o de alguna manera se presenta la mano humana en su concreción (Lavell, 1996). 

Ahora bien, si hacemos referencia a la transformación de las amenazas (eventos potenciales) en eventos agresores factuales, tendremos que concluir que siempre hay una intervención humana en estos procesos. Por ejemplo, el impacto de un terremoto dependerá de que la zona afectada se encuentre o no habitada y de diversos factores demográficos. El uso del suelo, las técnicas y materiales de construcción de viviendas serán también importantes.

Podemos comprender aún más claramente este punto cuando constatamos la transformación de muchos recursos naturales en amenazas, a raíz de ciertas particularidades que experimentan las formas de producción y los patrones de asentamiento humano, sobre todo en los países subdesarrollados. Se dice con razón, por ejemplo, que los ríos no invaden las poblaciones humanas, sino estas a los ríos. Las tierras fértiles ubicadas en las laderas de los volcanes atraen colectividades cuyas necesidades de supervivencia resultan más imperativas que las Reglas de prudencia ante las erupciones que pueden ocurrir. 

Las amenazas se entretejen de variadas maneras

Las amenazas naturales actúan sinérgicamente con otras que no lo son y, en general, las amenazas establecen entre sí múltiples combinaciones. Por ejemplo, un sismo puede desencadenar inundaciones por rompimiento de diques, incendios por trastornos eléctricos, etc. algunas de estas combinaciones o “multiamenazas” pueden resultar bastante indirectas. Por ejemplo, el sentido común nos diría que no puede haber una relación determinante entre las inundaciones y deslizamientos, por un lado, y los incendios forestales, por otro. No obstante, la relación si existe, porque las inundaciones pueden arrancar miles de árboles, que al secarse se convierten en un eficaz combustible.  

Las amenazas no se reducen a su materialidad física

Su acción se encuentra cognoscitivamente mediatizada, es decir, son objeto de conocimiento y al mismo tiempo de anticipaciones que podemos realizar empleando nuestro pensamiento abstracto. En última instancia, lo que golpea a una población no es tan sólo un “evento” externo de carácter destructivo, sino un evento socialmente construido, esto es, transformado por la mediación del sujeto colectivo que lo percibe, lo interpreta en sus causas y efectos posibles y re-actúa ante su posibilidad y/o concreción.  

Vulnerabilidad: la otra dimensión del riesgo

De colectividades concretas ante determinadas amenazas. Blaikie et al. 1996, escriben:  

“Por vulnerabilidad entendemos las características de una persona o grupo desde el punto de vista de su capacidad para anticipar, sobrevivir, resistir y recuperarse del impacto de una amenaza natural…la población es vulnerable y vive o trabaja en condiciones inseguras. Evitamos usar la palabra vulnerable respecto a subsistencias, construcciones, localizaciones o infraestructura y en su lugar usamos términos como ‘peligroso, frágil, inestable’ o sus sinónimos”.  

Según el texto de la Serie 3000, “…se determina la vulnerabilidad como el factor interno de una comunidad expuesta (o de un sistema expuesto) a una amenaza, resultado de sus condiciones intrínsecas para ser afectada”. 

Las definiciones de este tipo sitúan pues la vulnerabilidad en tres aspectos:

·         Discapacidad de resistencia (debilidad ante la concreción de la amenaza)

·         Discapacidad de resiliencia (debilidad de adaptación a las condiciones adversas propias de la situación de desastre)

·         Discapacidad de recuperación 

No obstante, la vulnerabilidad no es solamente un estado de fragilidad pasiva o propensidad ante determinadas amenazas. Los denominados “factores de vulnerabilidad” contienen también una dimensión activa, actúan potencial izando las amenazas.  

En suma, el concepto de vulnerabilidad define:

La configuración total de condiciones objetivas y subjetivas de existencia, históricamente determinadas y protagonizadas por sujetos colectivos concretos, que originan o acentúan su predisposición ante ciertas amenazas y potencializan la acción agresora de estas últimas. 

Vulnerabilidad y pobreza

Para tener una visión más completa acerca de la vulnerabilidad como dimensión del riesgo, es también importante reflexionar acerca de sus relaciones y diferencias con la pobreza.  

La pobreza es el sustrato histórico-social de la vulnerabilidad ante los desastres, ya que favorece diversos encadenamientos entre las debilidades de conciencia social y participación propias de la marginalidad y las condiciones de vida típicamente adversas para una vida “segura” (residencia en lugares sobreexpuestos a amenazas, deficiencias de vivienda, dificultades de comunicación física y social con los centros donde se concentran los servicios, etc.) que caracterizan la privación del material de los pobres. La constatación de que los desastres azotan principalmente a la población pobre de los países pobres se convierte en un lugar común.

Más aún, desde el punto de vista de las condiciones materiales de existencia, pobreza y vulnerabilidad son procesos básicamente equivalentes. Con la misma lógica, es válido sostener que para “decirle no a la vulnerabilidad” se requiere un proyecto social capaz de enfrentar la pobreza.  

Sin embargo, pobreza y vulnerabilidad no suscitan problemas idénticos para el desarrollo social: la pobreza dificulta pero no cierra las alternativas de acción centro de vulnerabilidad, por cuanto la “reducción”de esta última tiene que ver primordialmente con las potencialidades de una población para actuar preventivamente.  

Así por ejemplo, la reubicación de una población amenazada por inundaciones y su apropiación de los conocimientos y actitudes necesarios para enfrentarlas solidariamente son cambios indisociables pero de distinta naturaleza, que dan lugar a objetivos alcanzables mediante acciones diferentes. 

Para los trabajadores de la salud, educadores y muchos otros profesionales y técnicos que participan en la lucha contra la vulnerabilidad, y desde luego para los pobladores mismos, esta diferencia entre pobreza y vulnerabilidad es importante, porque ayuda a desmitificar una afirmación básicamente pesimista: “nada se puede hacer mientras no se supere la pobreza” 

Los desastres no son naturales

A menudo se hace una distinción entre “desastres naturales” y “desastres antrópicos”. Aunque los términos nos sirven para comunicarnos, dan pie por lo menos a dos errores: 

Primero, reducir el proceso de desastre a las amenazas que se concretan en su desencadenamiento.  

Segundo, entender que ciertos desastres no son más que “amenazas naturales consumadas” lo que deja por fuera otro tipo de amenaza, no naturales, y sobre todo excluye la vulnerabilidad, cuyo carácter no natural no requiere de mayores explicaciones. 

Los protagonistas: sujetos colectivos y actores sociales

Las relaciones entre equidad humana y vulnerabilidad no son meramente “lógicas”. Se sustancian en individuos y sujetos colectivos concretos. Destinaremos pues unas líneas a estos últimos.  

Concepto de sujeto colectivo

Este concepto adquiere sentido a partir de los problemas fundamentales de las ciencias sociales: el vínculo entre lo individual y lo social.  

Las diferencias de interpretación acerca de la naturaleza de ese vínculo ha sido por mucho tiempo la materia prima de las divergencias producidas entre las corrientes funcionalistas y dialécticas. Soslayando la larga discusión que este tema suscita, nos limitaremos a dos puntos clave:

  1. cada individuo es un portador o protagonista, en última instancia único, de un sistema de relaciones sociales. Pero lo social no es una especie de periferia o entorno de lo individual, sino una dimensión constituida de éste.

  2. los procesos de síntesis entre lo individual y lo social no se llevan a cabo de un modo “directo”. Son mediatizados por diversos “sujetos colectivos”: grupos, organizaciones, comunidades y masas.

Las diferencias entre estos sujetos colectivos no son primordialmente de tamaño. Radican más bien en su confirmación y, sobre todo, en las particularidades de los procesos psicosociales que se llevan a cabo en cada uno de ellos. Por su mayor interés para el tema que nos ocupa, nos referiremos únicamente a las comunidades.  

Una comunidad es una colectividad que dispone de ciertos referentes comunes en su praxis social, cuyo reconocimiento genera potencialidades de identidad, organización y solidaridad. Se trata de potencialidades, es decir, de desarrollos posibles que pueden experimentar los vínculos entre los individuos y grupos que conforman esa colectividad. Por lo mismo, no se trata de rasgos estáticos o que debamos considerar como “requisitos” para reconocer una comunidad como tal. Toda comunidad es un “sujeto colectivo en proceso”.  

Aunque existen comunidades que no comparten un territorio habitacional y cuya cohesión depende más de ciertos fines abstractos, por ejemplo de determinadas “causas”, creencias o estilos de vida, las comunidades con base local resultan normalmente prioritarias para los grandes objetivos del desarrollo social porque en ellas se sintetizan los problemas más acuciantes del desarrollo: salud, educación, vivienda, trabajo, etc. además, y esto es importantísimo para la prevención de desastres, la convivencia cotidiana provee particulares oportunidades de comunicación, concientización y trabajo colectivo.  

No obstante, una comunidad es un sistema racional, no un conjunto poblacional. La pertenencia a ella no se produce por residencia sino por identidad y compromiso. En determinados niveles socioeconómicos, la privacidad residencial y relativo aislamiento de los vecinos se convierten en valores de más paso que la “vida en común”. O en muchos conjuntos habitacionales en situación de pobreza hay pobladores que despliegan intereses y actividades contrarios al desarrollo comunal.  

Actores sociales

Un sujeto colectivo se convierte en actor social cuando desarrolla sus cualidades de identidad y organización de un modo que le permite actuar en procura de ciertos objetivos.  

Algunos autores introducen el concepto de “sujeto histórico” para designar el principio de constitución de una acción colectiva, es decir, determinadas formas de interpretar la realidad social y su reproducción o transformación. El actor social se convierte en “actor sujeto” en la medida de que se identifica y aspira a representar ese principio. 

Por ejemplo, un grupo u organización de mujeres (sujeto colectivo) se puede constituir como “actor sujeto” en tanto funda su accionar en la “liberación femenina” (principio constitutivo).